sábado, 9 de mayo de 2009

La torre y la progresía I.


Corría el año 2005 cuando en Villamayor asistíamos al derrumbe progresivo de la torre barroca de la iglesia parroquial.

La torre, que culminaba y encumbraba el templo del siglo XII, estaba completamente agrietada, y estaba a punto de abrirse como un melón. Hace años el presupuesto para arreglarla era terrible, y con los donativos que acostumbramos a dar tras las homilías, pues la verdad es que no llegaba ni para la malla del andamio.

Pero el clamor popular pedía, casi a gritos, que se interviniera y se arreglara semejante emblema de la localidad de Monjardín.

Primero era ver como conseguíamos el dinero. Se preparó un estudio económico, en el que el albergue era el gran generador de capital. Se estudió la posibilidad de conseguir un crédito, y se valoró la ayuda que podía dar tanto el Arzobispado como el Ayuntamiento.

El escollo había que sortearlo, en primer lugar con el señor párroco. Este buen cristiano, decía, no sin faltarle razón, que deseaba que el templo contara con un sistema de calefacción, antes de arreglar la torre. En efecto, en invierno, primavera, verano y otoño, la chaqueta es tan imprescindible en los feligreses como el alba en el sacerdote.

Había que convencerle de que de nada serviría poner calefacción si la torre caía sobre el templo, la Cruz de Monjardín, y la feligresía. Llevasen chaqueta o no.

Resultó que el seis de diciembre, día de la Constitución, el alcalde y parte del consejo parroquial decidieron afrontar el tema. Tras la misa dominical, el alcalde recordó al párroco que ese día era tradición que el primero invitase al segundo a comer en su casa o en su defecto a un pequeño aperitivo.

Ni que decir tiene, que de tradición no tenía nada, pero como era la primera vez que coincidían ambos en sus cargos en tan señalado día, el señor párroco accedió.

Y a casa del alcalde subieron, y mientras degustaban unas exquisitas guindillas fritas, iban el alcalde y dos miembros del consejo, convenciendo al perseverante párroco de la urgente necesidad de la torre.

Mientras comían las guindillas y una pequeña ensalada, con unas aceitunas caseras, se afanaban en llenar las copas de vino apenas sorbían un poco. El alcalde, conocedor de los efectos de semejante bebida era el que más maliciosamente bebía, mientras que el más senecto de los miembros del consejo se quejaba de no poderse morir porque no se podían tocar las campanas.

- !Que no me puedo morir señor párroco¡, que las campanas no se pueden tocar.

El más joven le enseñaba una y otra vez el enorme dossier preparado al efecto, incluso con la solicitud al Arzobispado de Pamplona.

- A este paso, deberíamos cerrar la Iglesia por peligro de derrumbe. - Decía el alcalde mientras llenaba las copas de vino.

Lo cierto es que tras dos horas, consiguieron convencerle. Resultó que de todos los presente el único que terminó chispo fue el alcalde, al cual el señor cura le sacó el compromiso de subvencionar parte de la obra.

Continuará...

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